Hablemos de Finanzas - 09/04/2013

Nasrudim, las gallinas y los panes

La tierra gira alrededor del sol afirmó una noche Galileo frente al Rey…………….

Pienso que en el mundo moderno, en nuestro ritmo de vida actual, Galileo está equivocado. Hoy el mundo tiene que girar alrededor de nuestros supuestos. Si algo no tiene el movimiento esperado exclusivamente y solamente por nuestra lógica decimos que algo anda mal. Que el agua se salió de su cauce, para ponerlo en criollo. Les quiero contar la siguiente historia porque los mercados de hoy parecen no seguir tanto los supuestos o los libros. Pero más allá de los mercados este cuento sirve también para la vida misma.

Una vez Nasrudim, el de las mil caras y de los mil oficios era abogado. Tenía a su cargo la defensa de los pobres, de los que por faltar les faltaba todo. Como siempre, Nasrudim sabía poco y nada de las leyes escritas en papel, que ya en aquellos años solían usarse como justificativo de las peores injusticias; pero utilizaba su inteligencia y su buen sentido común para dar vuelta los fallos más adversos en contra de sus clientes y conseguir que se hiciera justicia.

Cuando este cuento empieza, nuestro héroe tiene a su cargo la difícil defensa de un pobre hombre que desesperado por el hambre de su familia robó dos gallinas de la cocina del dueño del corral. Varios testigos lo vieron entrar en la casa del demandante, destapar las ollas donde se habían empezado a hervir y ocultarlas en una bolsa de papas para escapar a campo traviesa en dirección a su humilde casita a las afueras de la ciudad. Cuando la guardia real llegó, de las gallinas apenas quedaban algunos huesos que los perros, tan flacos como sus amos, roían con desesperación.

La ley al respecto era clara: pagar el valor de lo robado o ir a la cárcel por el robo. El tiempo de la condena era lógicamente proporcional al valor del bien sustraído. El cliente no tenía dinero para pagar por esas gallinas porque “si lo hubiera tenido, no las hubiese robado en primer lugar”, razonaba Nasrudim por los pasillos, y esto lo mandaría a la cárcel por lo menos, por lo menos, por unas tres semanas. Una eternidad para aquellos tiempos. Pero una sorpresa le aguardaba al defensor en la sala.

Los abogados del demandante decidieron hacer del episodio un caso ejemplificador y entonces ensañándose con el pobre hombre pidieron una compensación de 40 rupias por las dos gallinas. Si las tres semanas eran una eternidad para los hábitos de ésos tiempo, 40 rupias era una fortuna, casi un botín jugoso para robarle a un banquero.

¡Es absurdo señor Juez! Aún cuando mi cliente admite, ya que no puede negarlo, haber robado las gallinas, no amerita que se le pida semejante cantidad.

¡De ninguna manera señor Juez! Es verdad, lo reconozco, que el valor puede parecer excesivo, pero se debe tener en consideración que una gallina no vale solo por su carne.

Estas gallinas especialmente eran las mejores ponedoras de huevos de mi cliente. Tenemos papeles que atestiguan que cualquiera de sus gallinas es capaz de poner 200 huevos al año y que en un diez por cierto de ellos pueden transformarse, señor Juez, en pollitos que, por supuesto, serán nuevas gallinas. El daño que este robo significa para las arcas del dueño, mi cliente, es in-cal-cu-lable señor Juez. Lo hemos acotado a 40 rupias porque queremos ser benévolos y consecuentes con este honorable tribunal.

El Juez, que no tan extrañamente tenía cierta inclinación a fallar a favor de los ricos cada vez que el caso se le presentara, decidió que el argumento esgrimido por la defensa era válido y condenó al acusado a pagar el monto solicitado o ir a la cárcel por dos años. Nasrudim, sin manera de alterar el curso de los hechos, pidió al tribunal que se le concediera tiempo para pagar las rupias que sanarían el daño. Aceptamos su pedido- dijeron contentos los adversario del tribunal-, en tanto la parte demandada nos explique de dónde sacará el dinero el acusado para el pago de la deuda.

Nasrudim dijo:

Es cierto que mi condenado robó. Pero aconsejado por mí y previendo esta conducta, él plantó en el huerto de su humilde casa dos panes. Su plan es esperar a que los panes germinen y den fruto, vender el pan que se coseche y con ese dinero pagar las gallinas.

¡Señoría!, ¡señoría! –gritaron los abogados-, Nasrudim se está burlando de todos nosotros. ¿Cómo vamos a esperar que dos panes germinen y den como fruto un pan para vender? Esto es absurdo, un insulto a nuestra inteligencia. ¿A quién se le ocurre que un pan puede germinar?

Señoría –argumentó nuestro héroe-, si este tribunal acaba de aceptar que dos gallinas hervidas podrían haber puesto 200 huevos y tener pollitos, ¡no tengo dudas de que los panes germinarán!

Javier Frachi

Maestría en Finanzas UTDT, 2012

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